Seis siglos de devoción

Es bien conocido el hecho de que la espiritualidad es el fundamento de una Hermandad, que es una institución religiosa de la Iglesia Católica, con el carácter de una asociación pública de fieles, destinada a dar culto interno y externo a los Venerados Titulares, profundizar en la fe y fomentar una vida más auténtica, conseguir el perfeccionamiento espiritual a través de las actividades de la penitencia, piedad y caridad, y atender a la evangelización de sus miembros mediante su formación religiosa.

En aras de cumplir con estos fines, la Hermandad del Santo Entierro de Sevilla celebra anualmente los cultos prescritos en sus Reglas, fomenta las acciones de catequesis y realiza con una gran ejemplaridad su estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral en la tarde del Sábado Santo.

Este artículo consta de dos partes. En la primera vamos a considerar las diferentes facetas espirituales y de fe que informan el carácter propio de esta Real Hermandad, ofreciendo una visión histórica y devocional de cada uno de sus carismas religiosos. Así, en primer lugar, abordaremos la radical dimensión eucarística que le es inherente como Hermandad Sacramental. Y luego profundizaremos en cada uno de los demás Titulares que le dan pleno sentido como una Hermandad de Penitencia: el Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo, el Triunfo de la Santa Cruz y la Virgen -la Bendita Madre Dolorosa- en su advocación de María Santísima de Villaviciosa. Y en la segunda parte trataremos sobre el cortejo de la Cofradía, sobre su historia, sus peculiaridades y su composición actual.

Primera parte de los Sagrados Titulares: Historia y devoción

1 | Hoc est corpus meum

Con estas palabras: "Hoc est corpus meum, quod pro vobis datur" (Lc. XX, 19), instituyó Cristo la Sagrada Eucaristía en su Última Cena. "Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros". Comentando este pasaje, San Cirilo de Alejandría dice: "No te preguntes si esto es verdad, sino más bien acoge con fe las palabras del Salvador, porque Él es la verdad, no miente" (Commentarius in Lucam, 22,19). Y Santo Tomás de Aquino afirma: "La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento no se conoce por los sentidos, sino solo por la fe, la cual se apoyaen la autoridad de Dios" (Summa theologica, 3, q. 75, a. I).

Desde antiguo, la Hermandad del Santo Entierro, a pesar de no haber radicado en sedes parroquiales, ha tenido una clara vocación eucarística, lo que la llevó a ejercer funciones de Cofradía Sacramental en el templo del Monte Calvario, collación de San Vicente, que era la iglesia del Colegio de San Laureano, de la Orden de la Merced Calzada, donde estaba constituida canónicamente la corporación, extramuros de la Puerta Real. Se ocupaba de la instalación del Altar y Monumento para el Jueves y Viernes Santo, costeando su cera y exorno, y la llave del Sagrario le era entregada esos días a un oficial de la Junta de Gobierno o le era colgada de una cinta a la imagen de la Virgen de Villaviciosa. Por escritura concertada con la Orden, fechada el 8 de marzo de 1759, la Hermandad del Santo Entierro se obligaba con los religiosos mercedarios a continuar prestando los servicios propios de una Sacramental, usando desde entonces este título, que quedó oficializado en las Reglas aprobadas por el Consejo de Castilla en 1805. Este carácter ha informado, pues, desde entonces la espiritualidad de la Hermandad, patente en sus cultos, en la cera roja que usa en todas sus procesiones y el cuidado del Sagrario en su actual templo de San Gregorio.

En la liturgia de la Misa manifestamos los fieles nuestra fe en la real presencia de Cristo bajo las dos especies del pan y del vino, entre otras formas, arrodillándonos o inclinándonos profundamente como signo visible de adoración al Señor. "La Iglesia Católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía, no solamente durante la Misa, sino también fuera de la celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión en medio de la alegría del pueblo" (Mysterium fidei, 56).

El espléndido Sagrario de plata (tabernáculo) que preside nuestro altar mayor es una buen ejemplo del celo eucarístico de la Hermandad del Santo Entierro, que organiza los Sagrados Oficios del Jueves y Viernes Santo en la Iglesia de San Gregorio, como Hermandad Sacramental que es, y realiza la instalación y alumbrado del Monumento a su cargo y expensas.

Además de ello, la corporación ofrece una Función Sacramental en las vísperas de la festividad del Corpus Christi, mantiene Misa de Hermandad todos los lunes del año, jubileo de las 40 horas en septiembre y participa con un turno (desde las 23,00 a la 1,00 de la madrugada) de Adoración Perpetua en la Capilla de San Onofre (Plaza Nueva). Todo ello testimonia claramente la vocación eucarística de la Hermandad del Santo Entierro.

Por la profundización de la fe en la presencia verdadera de Cristo en su Eucaristía, la Hermandad ha tomado siempre conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, siguiendo el magisterio de la Iglesia, ha colocado el Sagrario en un lugar particularmente digno del templo del Santo Sepulcro y San Gregorio Magno: el centro del altar mayor, de forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento.

Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta espacial manera. Puesto que iba a dejar a los suyos bajo la forma visible, quiso darnos el regalo de su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz en holocausto por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con el que nos había amado "hasta el extremo" (Jn. 13, 1). En efecto, en su presencia eucarística permanece Dios misteriosamente en medio de nosotros, como quien nos amó y se entregó por nosotros (Ga. 2, 20). En la Eucaristía encontramos la manifestación más alta del amor de Dios a todos los hombres y la muestra de fe más significativa con que la Iglesia rinde culto a Cristo y, por Él, al Padre con el Espíritu Santo.

El misterio contenido en la celebración eucarística es el soporte firme de la experiencia de fe de los cristianos: Cristo es nuestra Pascua y el pan vivo. Por medio de su carne animada por el Espíritu Santo da nueva vida a los hombres a quienes se invita a ofrecerse, junto con Él, al Padre y ofrecer también su propio trabajo y todas las cosas creadas. Se ofrece en la Iglesia por los vivos y los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Y su celebración ha sido el centro de la vida cristiana desde los albores mismos de la Iglesia, cuando ya en las reuniones apostólicas se tenía la "fracción del pan", expresión que designaba la Eucaristía. Así cumplían los primeros fieles el encargo dado por el Señor en su Última Cena y ponían en práctica lo que el mismo Cristo había hecho con ellos en el cenáculo y -tras su resurrección- con los discípulos de Emaús. La Eucaristía fue el primer signo de identificación de nuestra fe, hasta el punto de que estos últimos, abatidos por las noticias de la muerte de Jesús en Jerusalén, lo reconocen en la fracción del pan. Es un indicio de la forma de comida fraterna que tenía la celebración eucarística.

En la Eucaristía revive la Hermandad el memorial de la muerte y la resurrección de Cristo, precisamente el día siguiente de esta última. Y con la Iglesia ofrece a Dios Padre su mismo Hijo, que renueva el sacrificio pascual y, con él, entrega su propia vida, santificada por el Espíritu Santo. La Misa semanal es encuentro de los hermanos y memorial de la muerte redentora de Jesús: en ella se actualiza y se celebra aquel acontecimiento histórico con el que Dios quiso reconciliar al mundo consigo. En ella está, pues, el centro de la vida cristiana, de la vida de esta Hermandad del Santo Entierro. Admirable misterio de fe que nos permite descubrir la presencia de Cristo en la palabra de la Sagrada Escritura, en la comunidad reunida en su nombre, en el sacerdote celebrante y bajo las especies del pan y del vino. En la Misa celebramos el misterio de la salvación, anunciado en el Antiguo Testamento y realizado en Jesucristo y actualizado en la Iglesia.

Estas breves notas nos ayudan a comprender que Jesús quiso hacer de la Eucaristía un sacramento de fraternidad. En su Última Cena anunció Cristo su muerte inminente, estableció su valor de sacrificio, anticipándolo en los símbolos del pan y del vino entregados y en la acción del lavatorio de los pies de sus amigos. La Pasión y la Cruz marcan entonces la hora del Señor, inmolado como inocente víctima propiciatoria que se da por nuestra salvación. 

Y a fin de que este don tan precioso tuviese una presencia salvadora siempre actualizada entre nosotros, quiso dejarnos, bajo la apariencia del pan y del vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento espiritual en el camino de la vida, y su sangre, para que fuese nuestra bebida:

Oh celestial comida,

pues por nosotros el Señor ofrece

su carne, pan de vida

que adoración merece

porque al comerlo el hombre se enaltece.

O celestial bebida:

sangre de Cristo fluye generosa

del vino convertida,

y en donación graciosa

la entrega Dios por redención preciosa.