LITURGIA

LA HISTORIA DE JESÚS NO TERMINA EN EL SEPULCRO

La Hermandad Sacramental del Santo Entierro me pide una colaboración para su Anuario. La escribo con agrado pues me da la oportunidad de hacer algún bien a todos los miembros de esta venerable Hermandad. La historia de Jesús; desde aquella madrugada en que las mujeres que van a embalsamar su cadáver, reciben del ángel este mensaje alentador: "No está aquí... Id a decir a sus discípulos que ha resucitado". Esta es la gran noticia que Pedro proclama en la casa del centurión Cornelio. Esta es la magnífica noticia que cambia el curso de la historia porque significa que la vida ha triunfado sobre la muerte, la justicia sobre la iniquidad, el amor sobre el odio, el bien sobre el mal, la alegría sobre el abatimiento, la felicidad sobre el dolor, y la bienaventuranza sobre el dolor, y la bienaventuranza sobre la maldición.

La resurrección del Señor es la obra maestra de la Santísima Trinidad, la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, predicada por los Apóstoles como parte esencial del Misterio Pascual, transmitida como fundamental por la Tradición y abiertamente afirmada en los documentos del Nuevo Testamento (CIC 638). Sin la resurrección de Jesús todo se desvanece. Es en realidad como el sello de garantía de la persona, la obra y la doctrina de Jesús. Para nosotros es un manantial inagotable de seguridad y confianza. Gracias a la resurrección del Señor sabemos que nuestra fe no es una quimera y que Aquél al que amamos no es un fantasma, sino una persona viva, que está sentada a la derecha de Dios.

La consecuencia más importante de la resurrección del Señor es nuestra futura resurrección. Si Jesús ha resucitado, también nosotros resucitaremos. El CIC nos dice que después de su muerte, el Señor bajó al seno de Abraham para liberar a los justos anteriores a Él, aplicarles los frutos de la Pasión y abrirles las puertas del cielo (nº 633-635). Gracias a la resurrección de Jesús somos en esperanza ciudadanos del cielo, al que estamos llamados y cuyas puertas nos ha abierto el Señor en su resurrección de entre los muertos.

Por ello, el Domingo de Resurrección es un día de felicidad y de esperanza. La resurrección de Jesús es el triunfo de la vida, la luz universal y definitiva, la gran noticia para toda la humanidad. Los que creemos y los que no creen, los cristianos y los no cristianos, todos los hombres, con la creación entera, estamos llamados y caminamos hacia la vida espléndida de la resurrección. Saberlo de antemano nos orienta, fortalece y da sentido a nuestras luchas, al dolor, al sufrimiento, a la enfermedad y hasta al enigma misterioso de la muerte.

Escuchemos a san Pablo que nos dice: "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra". La esperanza en la resurrección es fuente de sentido en nuestro caminar. Un cristiano no puede vivir como aquel que ni cree ni espera, o cree que después de la muerte sólo existe la nada. Porque Cristo ha resucitado, nosotros creemos y esperamos en la vida eterna, en la que viviremos dichosos con Cristo y con los Santos, en comunión de gozo y de vida con la Santísima Trinidad. Este horizonte luminoso que es fruto de la Pascua, debe marcar y configurar nuestro presente, nuestra forma de pensar y nuestro modo de vivir, sabiendo que somos peregrinos, que no tenemos aquí una ciudad estable y permanente, pues nuestra verdadera patria es el cielo. La perspectiva de la resurrección define e ilumina nuestra vida, la enriquece y la llena de esperanza y alegría. De todo ello se privan quienes no creen en la resurrección y en la vida eterna, artículo capital de nuestra fe.

Las primeras generaciones cristianas se tomaron muy en serio este consejo de San Pablo. Su estilo de vida es el propio de quienes están persuadidos de que su patria es el cielo. Como ellas, también nosotros estamos llamados a aspirar a los bienes de arriba y no a los de la tierra, a vivir ya desde ahora el estilo de vida del cielo, el estilo de vida de los resucitados, es decir, una vida de piedad sincera, vivida en la presencia de Dios, alimentada en la oración, en la escucha de su Palabra, en la recepción de los sacramentos, especialmente la penitencia y la eucaristía; una vida alejada del pecado, de la impureza, del egoísmo y de la mentira; una vida pacífica, honrada, austera, sobria, fraterna, edificada sobre la justicia, la misericordia, el perdón, el espíritu de servicio y la generosidad; una vida, en fin, asentada en la alegría y en el gozo de sabernos en las manos de nuestro Padre Dios y, por ello, libres ya del temor a la muerte.

Antes de terminar, quiero sugerir un camino que nos debe ayudar a vivir cada semana en la atmósfera de la resurrección del Señor. Ese camino es la recuperación del sentido religioso y cristiano del domingo, el día primordial de los cristianos, el día del Señor y el señor de los días, el día en que recordamos las maravillas que Dios ha hecho en favor nuestro, la creación del mundo y, sobre todo, la resurrección de Jesucristo y la efusión de su Espíritu. Cada domingo celebramos este hecho central: Dios resucitó a Jesús, nos resucitará también a nosotros y nos espera en el cielo si creemos en Él e intentamos vivir como discípulos suyos.

Para todos los miembros de la Hermandad del santo Entierro, mi saludo fraterno y mi bendición.